Manual Cuentos de Mujeres Rotas: Relatos Amortajados

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Al cabo de un minuto se desasi de su abrazo y ech a correr por la cocina.

Los nueve libros de la Historia: Libro VI

Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indic que se acercase y le dijo qu haba de hacer. Aydame y seremos ricos dijo. Trat de palparla de nuevo, pero ella le sujet los dedos, abri la puerta y lo condujo al piso de arriba. Qudate quieto aqu dijo.

En la habitacin de la anciana mir a su alrededor como si fuera la ltima vez: mir la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripcin de la pared. Es la una dijo, y.

Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se casc como un huevo. Qu es lo que has hecho? Helen le llam. Se qued boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que haba formado una mancha roja y redonda en la pared. Quieto dijo Helen, pero l volvi a gritar nada ms or su voz tranquila, y baj las escaleras de tres en tres. As que Helen tendr que volar se dijo.

Hay que salir volando del cuarto de la anciana. Abri ms la ventana y sali.

Estoy volando, se dijo. Pero no lo estaba. Los enemigos Era entrada la maana en los verdes prados del valle de Jarvis, y el seor Owen arrancaba las malas hierbas de las lindes de su huerta. Un viento poderoso le tironeaba de la barba, y a sus pies bramaba el mundo vegetal. Un grajo perdido en el cielo graznaba en busca de compaa, pero su pareja no apareci.

Al fin, enfil solitario hacia el oeste con un lamento prendido en el pico. Irguiendo los hombros para descansar un poco, el seor Owen levant la vista al cielo y contempl aquel oscuro batir de alas contra un sol rojizo. En su cocina que azotaba el viento, la seora Owen suspiraba ante un puchero de sopa. Tiempo atrs, el valle era tan solo un redil para el ganado. Solo los vaqueros bajaban de la colina para guiar con sus voces a las vacas y ordearlas despus.

Mucho más que documentos.

Ningn desconocido haba pisado jams el valle. El seor Owen haba llegado hasta all un atardecer de finales de verano, despus de vagar a solas por toda la comarca. Aquel da y a aquella hora, las vacas yacan plcidamente tumbadas, y el arroyo saltaba cantarn entre las guijas. Aqu, en medio de este valle, pens el seor Owen, edificar una casa pequea, de una sola planta, rodeada por un jardn.

Y volvi sobre sus pasos, por la misma ruta que lo haba llevado hasta el valle, por las colinas tortuosas, para regresar a su pueblo y contar a su mujer lo que haba visto.

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As acab por levantarse entre los verdes campos una humilde casita. Plantaron en torno a ella un huerto y en torno al huerto se alz un cercado con su seto, que impeda el acceso de las vacas a las verduras. Todo eso sucedi a principios de ao. Ya haban pasado el otoo y el verano. El huerto haba florecido y se haba marchitado.

La escarcha cubra la hierba. El seor Owen volvi a inclinarse sobre la tierra para arrancar los hierbajos; el viento retorca las testas de la grama y arrancaba una oracin de sus verdes fauces.

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Pacientemente iba arrancando y estrangulando los hierbajos, provocando en la tierra un combate: entre sus dedos moran los insectos que haban excavado sus galeras donde brot la mala hierba. Se iba cansando de matarlos, y se cansaba ms an de arrancar las races y los tallos verdes y malignos. La seora Owen, asomada a las profundidades de su bola de cristal, haba dejado que la sopa hirviese a su manera.

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La bola bulla oscura y espesa hasta que vino a iluminarla el reflejo de un arco iris. Reluca, refulga como el sol, glida como la estrella polar, y se reflejaba en los pliegues de su vestido, donde la sujetaba con todo su amor. Los posos del t del desayuno le haban anunciado la llegada de un oscuro desconocido. La seora Owen se preguntaba qu le dira la bola de cristal.

Por las races descuajadas culebreaba un gusano retorcindose al tacto de los dedos, inerme y ciego a plena luz del sol. De pronto se haba llenado la hondonada entera con el viento, el gemir de las races, los alientos del cielo bajo. No solo chilla la mandrgora cuando la arrancan de cuajo: las races retorcidas chillan tambin.

Todos los hierbajos que el seor Owen arrancaba del suelo chillaban y daban alaridos como si fueran nios de pecho. En el pueblecito del otro lado del monte, al comps del viento encolerizado, las ropas tendidas a secar en los jardines se mecan en danzas extraas. Y las mujeres de vientre inflado sentan un golpe nuevo en las entraas al inclinarse sobre las artesas de agua hirviendo. La vida les corra por las venas, los huesos y la carne que los envolva, carne que tena su estacin y su clima, mientras el valle envolva las casas con la carne de la hierba verde.

Como una tumba profanada, la bola de cristal renda sus cadveres a los ojos de la seora Owen. Ella contemplaba los labios de las mujeres y los cabellos de los hombres que iban. Pero de repente desaparecieron las formas como por ensalmo y ya solo se distinguan los perfiles de las colinas de Jarvis. Por el valle invisible que se abra bajo aquella superficie vena caminando un hombre tocado con un negro sombrero. Si prosiguiera su marcha, acabara por caerle en el regazo. Por las colinas viene caminando un hombre con un sombrero negro, exclam, y abocin la voz al otro lado de la ventana.

El seor Owen se sonri y sigui escarbando entre los hierbajos. Fue por entonces cuando se extravi el reverendo Davies. Llevaba toda la maana extraviado, as que se apost contra un rbol plantado en la divisoria de las colinas de Jarvis. Un ventarrn remova las ramas y la tierra magnfica y verdosa trepidaba inquieta a sus pies.

Por doquiera que paseara la vista, las lomas del monte se alzaban erizadas contra el cielo, y dondequiera que buscase refugio de la tormenta hallaba una atemorizada oscuridad. Cuanto ms caminaba, ms extrao se volva el paisaje en derredor. Se remontaba hasta altitudes impensables, o bien descenda vertiginoso por un valle no mayor que la palma de su mano.

Los rboles se balanceaban como seres humanos. Fue una coincidencia providencial alcanzar la divisoria de los montes cuando el sol llegaba a su cenit. El mundo se deslizaba entre dos horizontes, y l permaneci junto a un rbol y contempl el valle. Haba en la campia una casita rodeada por un huerto. Alrededor de la casa bramaba el valle, el viento la zarandeaba como un boxeador, pero la casa permaneca impasible.

Le pareci al reverendo que la casa haba sido arrancada del casero del pueblo por un ave gigantesca que la hubiera depositado en medio de un universo tumultuoso.

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Sin embargo, a medida que sorteaba los peascos del monte, a medida que bajaba por los riscos, iba perdiendo su sitio en la bola de la seora Owen. Una nube le arrebat el sombrero negro, y vagaba bajo la nube la sombra anciana de un fantasma con heladas estrellas en la barba y sonrisa de media luna.

Nada saba de esto el reverendo Davies, que se iba araando las manos entre las peas.


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Era viejo, se haba emborrachado con el vino del oficio matutino y aquello que le brotaba de los cortes no era sino sangre humana. Nada saba tampoco el buen seor Owen sobre las transformaciones del globo. Con el rostro pegado a la tierra, segua arrancando los cuellos de los hierbajos que chillaban sin cesar. Haba odo la profeca del sombrero negro en boca de la seora Owen, y se haba sonredo para sus adentros, pues siempre sonrea ante la fe ciega que tena su mujer en los poderes de las tinieblas.

Haba levantado la cabeza al or sus voces, pero con una sonrisa haba preferido la llamada preclara de la tierra. Multiplicaos, multiplicaos, haba dicho a los gusanos sorprendidos en las galeras, y los haba partido en mitades parduzcas para que se alimentasen y creciesen por todo el huerto, para que salieran hasta los campos y llegaran a los vientres del ganado. Nada de aquello saba el seor Davies. Vio la silueta de un joven barbudo industriosamente inclinado sobre el suelo.