PDF Dulce prisión (Bilogía: Amores peligrosos nº 1)

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A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Al conocer su embarazo el burlador la despidió. Poco después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si no la llevan al hospital. Fué una escena horrible. Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Otras oscuridades y lagunas había en su vida. En sus labios, finos y oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.

El es buena persona y solterón Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de almacén. Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras.

Allí un viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde de su copa recogida, sensible al viento. La casa de Rita, la barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se divisaba. La frase gustó y vivió muchos años. Este abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad plateresca de su industria.

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Con todo traficaban. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus mercancías. No obstante estas novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una herencia de rapacidad y bandolerismo.

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El, receloso y astuto, debía de comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto constantemente de todos se retraía y guardaba un poco. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. Realmente, el aspecto y la historia de la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien. El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral.

El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones y atisbos prolijos. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable.

Toribio quiso argüir algo, pero su cuñado le atajó. Desde aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía enterrado su dinero en el corral. Pronto, sin embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos ardides de la voluntad.

Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit considerable.

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La gente hacía escarnio de él. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida continuó y exacerbó la obra del artritismo.

Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la indecisión de la somnolencia.

Cuando volvía, lo que nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho. Deseos homicidas cruzaban su frente. A éstos les aborrecía.

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En sus pupilas la cólera, durante segundos, encendió una luz. Recobró su costura. Viejos cromos que decían los amores del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco.


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Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul. El sereno cantó otra hora; las once. La mujerona abrió bien los ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus nervios con la violencia de una descarga eléctrica.

Al cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si algo muy pesado le oprimiera el pecho. A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una mano, presentóse Paredes.

La mujerona se levantó y empuñó unas tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso terror la invadió. Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía. Su hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras. Extendía un brazo hacia la puerta de la calle.