Obtener PDF El caballero de San Juan

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Viernes, 13 de Diciembre de Juan Gregorio Caballero había nacido en en Iglesia y desde muy joven se dedicó al arreo de ganado a Chile bajo las órdenes de Lorenzo Navarro.

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Este español tomó a Juan Gregorio Caballero bajo su protección, como un hijo, y lo educó, primero en La Serena y luego en Santiago. La propiedad estuvo en manos de la familia Caballero hasta la venta en bloque a favor de don José María Varela en El segundo hijo, Rosas Lindor, se casó dos veces; en primeras nupcias con Benita Robles, y en segundas con Tercila Guevara.

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Estas son las tres ramas desarrolladas a continuación. Fue de los pioneros en la organización gaucha en nuestra provincia.


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En octubre de fue designado presidente de la Federación Gaucha Sanjuanina y durante su gestión logró integrar cincuenta agrupaciones y la regional de Calingasta. Caballero es desde hace varios años presidente de la Confederación Gaucha Argentina. Su padre, Juan Gregorio Goyo había nacido el 7 de junio de Promovió con sus parientes y amigos la creación del Centro de Residentes Iglesianos en San Juan, siendo su primer presidente. La idea originaria de este centro fue de su primo Martín Quiroga Caballero, padre de César Quiroga Salcedo, escritor y doctor en historia.

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Tienen un hijo que se llama Juan Cruz Caballero. Tamaño de la Letra: Mayor Normal Menor.


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Estación de Lluvia. De chico, sin embargo, yo era Julio César al mando de la Galia Cisalpina. Pronto me familiaricé con el arte de la guerra. Terciaba molinetes, combinando espada y brazal, contra los armarios, los floreros regados por las aguas del Danubio, y los biombos chinos que habían descansado, durante generaciones, en el salón dorado.

Por eso me soportaron cuatro años disfrazado de emperador. El negro Ramón me advertía cuidado niño, cuidado que los otros lo van a golpear. Pero yo no le hacía caso.

Petamaría seguía mis juegos, escaramuzas y asaltos con una suerte de espanto. Desde la cocina removía el puchero y los borrachitos de piña, mientras el jardín quedaba arrasado en pocas horas.

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A pesar de que a mi lado los cartuchos agonizaban clamando justicia, las hortensias se mecían como viejas tullidas y los gallitos vomitaban sangre en las apacibles aguas del estanque de piedra. Y nunca me regañó. Recuerdo que oprimí aquel cuerpo palpitante, tibio entre mis dedos, como parte de esa impotencia que se anticipaba a las convulsiones. Después Petamaría me lavó las manos, cubiertas de sangre y de plumas.

Yo me miraba en el espejo. Porque casulla, vinajera y estola se trizaron en mil colores ante mi espanto. Una fuerza bestial, irrefrenable, se había apropiado de mi cuerpo.

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Pero recuerdo bien que fue un martes, pues todo el tiempo hubo compañeros que asociaron mi enfermedad con la misa del martes. De golpe, la soledad del epiléptico. Al despertar sentí que un enorme vacío me rodeaba. Los rayos se marchitaban sobre la alfombra, sobre el espejo cegado por el eclipse.

Sombras apremiantes envolvían los rostros de Gaspar, Melchor y Baltasar encima de la chimenea.