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El sueño era tranquilo.

Mucho más que documentos.

Parecía el pasillo de su casa aunque algo era diferente. Al fondo estaba la puerta del despacho de Samuel. Se acercó lentamente hacía ella. Siguió caminando hacía la puerta. Al escuchar aquel sonido emprendió una carrera desesperada para alcanzarlo, aunque a cada paso que daba se le alejaba la puerta.

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Empezó a llorar mirando el suelo. Sin embargo una luz llamó su atención. Vio el despacho de Samuel, pero también estaba una persona escribiendo en el ordenador. Flotaba en el aire la colonia que Samuel ponía cada vez que presentaba a la empresa alguna novela. Sonia salió corriendo por el pasillo oscuro de su casa. Abrió la puerta del despacho de Samuel. El ordenador estaba encendido. Era la nueva novela de Samuel. Espero que te guste esta novela Sonia. Siempre tuyo. La casa de acogida estaba alejada del pueblo, y no cerca de la iglesia como cabría esperar de una casa de acogida.

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Luego, las casas iban siendo cada vez mas escasas hasta desaparecer. Siguiendo la carretera que llevaba al orfanato, por un bosquecillo de pinos podías encontrar una especie de merendero con bancos de madera rotos y descuidados. Luego, un camino rodeado de arriates con flores olvidadas desde hace mucho tiempo y una fuente sin agua. En la parte trasera del internado se encontraba el cementerio, pero éste no se veía desde la carretera. Cuando abrí la puerta del coche, y esto lo recuerdo con bastante nitidez, un señor al que el sombrero le ocultaba gran parte de la cara me ayudó a bajar del coche y a sacar mis cosas.

Una mujer ataviada con un delantal y una camisa remangada me indicó dónde estaba mi habitación. Luego alguien tocó a la puerta y se asomó la mujer del delantal, que resultó llamarse Anita, para llevarme al comedor con las otras chicas. En la casa de acogida Seis Hermanas sólo había chicas, pues a los chicos huérfanos al parecer los llevaban a otros orfanatos sólo para chicos.

En el comedor me sirvieron una bandeja con varias cosas de comer y me senté junto a otra chica con el pelo oscuro. Intenté hablar con ella y empezar una conversación, pero al mirar al resto de chicas me di cuenta de que ninguna estaba hablando y me callé avergonzada. Al principio, Virginia, mi compañera de habitación me resultó desagradable. Después de la discusión me quedé sola llorando en la cama, ella salió dando un portazo.


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Cuando conseguí disimular que había estado llorando, salí, me perdí en un laberinto de escaleras y pasillos y llegué a la biblioteca. Hasta ese momento no supe que existía una biblioteca en un lugar tan sombrío y vacío como lo era aquel. Los lomos de los libros desprendían un olor a polvo a veces asfixiante. Paseé por los pasillos leyendo una y otra vez los títulos con elegantes letras doradas hasta que escuché algo y me escondí tras una de las estanterías. Fue entonces cuando vi entrar a Virginia en la biblioteca, salí de mi escondite y me alegré de verla a pesar de la discusión.

Al parecer ella también se alegró de encontrarme allí. Fueron por lo general, bastante aburridas y calmadas. En esos días asistía por las mañanas a las clases que impartía Anita, como no, en una habitación vacía.

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No tenía ni muebles, teníamos que sentarnos en el suelo y apoyar el cuaderno en las rodillas. Por las tardes, Virginia y yo nos escabullíamos a la biblioteca para hablar del lugar. Así fue como empezó todo Ella me hablaba sobre su opinión del Seis Hermanas y yo le hablaba de la mía. Yo tenía una enorme curiosidad por saber algo sobre aquel lugar, Anita, el resto de niñas, el comportamiento de éstas en el comedor Y ella no podía saciar mi curiosidad o responder a mis preguntas porque había llegado también recientemente a la casa de acogida.

Creo que le resultaba todo tan extraño como me resultaba a mi. La cosa era sencilla, averiguaríamos qué era lo que ocurría en la casa de acogida. En cambio, la convencí para que no hiciese eso. Nos entusiasmó sobremanera la idea de investigar y fuimos sin pensarlo a la biblioteca para hablar a solas y elaborar nuestro plan. Y esa manía nuestra de ir a la biblioteca empeoró las cosas hasta el punto de echar a perder el plan.

Cuando llegue al final de la historia entenderéis por qué lo digo. La biblioteca como digo, era un lugar solitario, oscuro, misterioso, y en definitiva un lugar poco visitado. La mesa estaba vacía, no había nada en ella a excepción de un lapicero con estrellitas azules de latón. A veces me pregunto si la curiosidad es, como dicen, una virtud o un defecto, porque lo que es a mi no me benefició en ese tiempo para nada.

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Virginia se asustó tanto que empezó a llorar sobre la mesa de la biblioteca, a mi me temblaban las manos. Conseguí que mi amiga dejase de llorar, metí los periódicos debajo de mi jersey y los sujeté como puede, pues como antes he dicho, me temblaban las manos como si fuesen de gelatina. En el choque se me cayeron todos los periódicos al suelo y en unas décimas de segundo medio pasillo habría quedado tapado por las hojas de periódico, y otras dos o tres que quedaron prendidas de mi jersey cayeron después con movimientos similares a un puñado de plumas.

Nosotras nos callamos. Tampoco la foto estaba al completo.

Sobre nosotros

Luego salió de la estancia sin decir nada y cerró la puerta tras de sí. Delante de nosotras, un hombre ya entrado en años, se escondía tras dos pilas de libros que nos obligaban a alzar la cabeza para mirarle a los ojos. Eso es todo lo que recuerdo, estaba demasiado asustada, por eso en los años que siguieron a mi estancia en el Seis Hermanas olvidé todo recuerdo relacionado con las personas que allí encontré, porque fue todo tan terrible que pensé que no merecía la pena recordar algunas partes de tales acontecimientos.

El señor no regañó durante un largo tiempo con un tono misterioso un hilo de voz a penas audible. Me pregunté mientras tanto si el hombre sólo iba a la casa de acogida en ocasiones especiales o por lo contrario vivía en aquel despacho y Anita le llevaba la comida, yo personalmente nunca le había visto. Cuando me disponía a abrir la puerta me di cuenta de que la llave estaba echada y empecé a llorar.

Ya entrada la noche y viendo que no era ninguna broma y que nadie se acercaba al lugar empezamos a aporrear la puerta violentamente gritando y pidiendo auxilio, sin embargo aquel lugar parecía estar bastante alejado del mundo en general. A media noche decidimos saltar por la ventana, estaba a una altura considerable del suelo del cementerio, pero saltamos para huir del lugar. Caí en una mala postura y se me hinchó el tobillo, pero habíamos conseguido salir.

Corrimos por el cementerio saltando las tapias esperando llegar a la carretera, pero Virginia tropezó y rompió a llorar. Cuando llegué al borde de la carretera volví la cabeza sobretodo para saber si el hombre me seguía y me di cuenta de que Virginia no me seguía, tampoco lo hacía el hombre, en el cementerio reinaba el silencio absoluto, solo se escuchaban los latidos de mi corazón desbocado y mi fuerte respirar.

Y es por eso que no sé si fue un sueño o la realidad que mientras me acurrucaba entre las cañas y matojos las manos de Virginia me acariciaban el pelo como lo hacía cuando íbamos a la biblioteca, sentí su olor muy cerca de mi y su corazón cercano al mío. Pero no recuerdo haber hablado con ella después de oír sus gritos. Por la mañana, antes de que saliese el sol, continué mi camino hasta el pueblo. Empecé a pedir limosna cerca de la plaza y apenas gané unas monedas.

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