Descargar PDF El romance de los Tres Reinos, Libro IX: Cao Cao invade Jingzhou

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Y durante tres días se le vio subir y bajar por entre las nubes. Todos aquellos que habían criticado a Gongshu no cesaban de elogiar su obra maravillosa y su talento prodigioso. Un doctor en filosofía y letras compró un asno y tuvo que redactar el acta de compraventa. Wang Hao tenía una inteligencia extremadamente lenta. Una vez, montando su caballo bayo, acompañó a la guerra al emperador Wen Xuan del Reino de Qi.

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La temperatura llegó a ser tan glacial durante la noche que, a la mañana siguiente, el caballo bayo amaneció cubierto de escarcha. Wang Hao ordenó entonces una batida para encontrar su caballo, pero todos volvieron con las manos vacías. Sun Yangao, jefe de los magistrados de Dingzhou, al saber la noticia del sitio, no se atrevió ya a volver a la casa gubernamental. Se encerró en la suya, hizo cerrar con candado la puerta y ordenó que le pasaran por una pequeña ventanilla los documentos oficiales que requerían su parecer.

En el camino, unos bandidos le robaron su bolsa. Un pozo fue horadado a orillas de un camino.

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Los viajeros se sentían felices de poder sacar agua para apagar su sed. Un día se ahogó un hombre en él, y desde entonces todo el mundo empezó a censurar a quien había cavado el pozo en aquel lugar. Decir que yo corro peligro con los hombres, sería una mentira. Yo me las como a ustedes para castigarlas por sus crímenes.

Los hombres lo saben muy bien; ellos me alimentan para que yo los defienda contra ustedes. En cuanto a ustedes, viven escondidas en la hierba, reptando astutamente, listas para picar al primer hombre que encuentren. Los habitantes de Yongzhou son excelentes nadadores. Una vez, el agua del Xiangshui subió repentinamente; una barca que transportaba a cinco o seis personas zozobró en medio del río.

Haciéndole frente al peligro, los pasajeros nadaron hacia la orilla. Uno de ellos parecía no avanzar a pesar de nadar con todas sus fuerzas.

Sus compañeros le dijeron:. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas. Un tigre, al ver a esta extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Escondido en el bosque empezó a observarlo, después se aventuró fuera, permaneciendo sin embargo a una distancia prudente.

Un día el asno rebuznó largamente; el tigre, espantado, echó a correr con todas sus fuerzas.

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Pero volvió para dar una ojeada y pensó que esa divinidad no debía ser muy terrible, después de todo. Y dando un salto sobre el asno lo despedazó y lo devoró. Por su porte parecía poderoso, por sus rebuznos parecía temible. Si él no hubiera mostrado todos sus talentos, el tigre feroz no se hubiera atrevido nunca a atacarlo.

Pero con su patada, el asno firmó su propia sentencia de muerte. Armado de un arco y de un pequeño tiesto de greda en cuyo fondo conservaba algunas brazas, se iba a la montaña e imitaba el llamado del ciervo. Un día, al oír el llamado del ciervo llegó un lobo. El cazador muerto de miedo imitó el rugido del tigre.

El lobo huyó pero apareció un tigre. Aterrorizado, el hombre imitó el gruñido del gran oso. El tigre huyó, pero, creyendo encontrar a uno de sus semejantes, un oso enorme apareció. Al encontrar sólo a un hombre, se abalanzó sobre él, lo destrozó y se lo comió. Un habitante de Linjiang capturó una vez a un cervatillo y decidió criarlo. Apenas franqueó el umbral de su casa lo recibieron sus perros relamiéndose y moviendo la cola.

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El hombre, furioso, los echó, pero la suerte que sus perros reservaban al cervatillo fue un motivo de preocupación para él. Poco a poco, el cervatillo empezó a jugar con los perros, quienes, obedeciendo a la voluntad de su amo, fraternizaron con él. El cervatillo creció y, olvidando que era un ciervo, creyó que los perros eran sus mejores amigos.

Jugaban juntos y vivían en una intimidad cada vez mayor. Pasaron tres años. El cervatillo, ya convertido en ciervo, vio un buen día en la calle a una manada de perros desconocidos. Salió inmediatamente para divertirse con ellos, pero éstos lo vieron llegar con una mezcla de alegría y de furor. Lo destrozaron y se lo comieron. En medio de los vinos y del regocijo, un cantor saludó en estos términos al recién llegado:. A todos los saludamos con esa misma canción — contestó el cantor. Vigila, y al menor ruido lanza un estridente grito de alarma y la bandada emprende el vuelo con gran ruido de alas.

A la larga, los cazadores idearon un plan para hacer fracasar la vigilancia del centinela. A la caída de la noche, los gansos se instalaron para dormir. Los cazadores, en medio de la sombra, encendieron antorchas.

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Inmediatamente el centinela lanzó el grito de alarma. Los cazadores apagaron sus antorchas. Los gansos salvajes, pasada la primera emoción y no viendo ninguna señal de peligro, no tardaron en volverse a dormir. Por tres veces los cazadores empezaron su juego, y tres veces el centinela dio la alarma, y las tres veces sus compañeros despertaron sobresaltados sin descubrir indicio alguno de peligro. Y entonces juzgaron que el centinela no conocía su trabajo y antes de dormirse por tercera vez, le dieron grandes picotazos.

Después de un momento de espera, los cazadores volvieron a encender sus antorchas.

Mucho más que documentos.

Esta vez, el centinela se quedó callado. Wang Anshi, Primer Ministro bajo la dinastía Song, sentía un gran interés por el desarrollo del país. Esta idea fue del agrado de Wang. Cierto letrado necesitaba dinero. En el camino se encontró con otro letrado, quien, después de mirar la lista de los libros, deseó vivamente poseerlos. Pero él era pobre y no tenía con qué pagarlos; entonces llevó al otro a su casa para mostrarle los bronces antiguos que se disponía a cambiar por arroz.

El dueño de los libros era un gran aficionado a los bronces antiguos y la colección le gustó enormemente. La mujer del primero se extrañó al verlo regresar tan pronto. Al saber toda la historia, empezó a gritar:. Ai Zi vio un día a un caminante ofrecer cincuenta sapecas a un barquero para que lo llevara de Lüliang a Pengmen. Usted sólo ofrece la mitad, no es suficiente. Un hombre, ciego de nacimiento, quiso saber qué aspecto tenía el sol, y pidió que se lo describieran.

Pasado un tiempo, el ciego oyó sonar una campana y creyó que ese sonido provenía del sol.


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Muchas son las diferencias entre una campana, una flauta y el sol, pero el ciego no podía saberlas, pues había adquirido sus conocimientos por las palabras de otros. Muy satisfecho de su obra, el pintor hizo montar su pintura sobre un fondo de brocado enrollado y con un adorno de jade. La enrolló y la guardó en un cofre de cedro. Sólo la sacaba para hacerla admirar por entendidos. En un día de verano, temiendo que los gusanos atacaran la seda de su pintura, la expuso al sol en su jardín. Los nietos de Cai Jing, el célebre ministro de Song, fueron educados como niños ricos y no tenían idea alguna sobre los trabajos del campo.

Las azufaifas, por el contrario, no sirven para los dientes pero hacen bien al bazo. Una vez un hombre pescó una tortuga. Deseaba hacer una sopa con ella, pero no quería que alguien pudiera decir que él había dado muerte a un ser viviente. Encendió su fuego e hizo hervir agua en una olla.


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