e-book Hijos de la luz: Cómo Vencer Las zonas Oscuras de tu Mente

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Bindu Dadlani. Helen Schucman. Alan Cohen. Yousell Reyes. Diego Mangabeira. Actualizaciones del autor. Yo Soy Atraccion y Abundancia 7 octubre Versión Kindle. EUR 0, Tapa blanda.

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EUR 8, El poder de elegir: Claves para alcanzar la felicidad 5 marzo EUR 2, Entretanto, el choque de las olas al romper llegaba a sordos golpes, como leños al caer, sobre la playa. El día ha llegado. El peso de mi gran maleta parece exagerar la curvatura de las piernas patizambas de George. La horrenda ceremonia ha terminado, las propinas y los adioses en el vestíbulo.

Ahora me queda esa ceremonia de tragar saliva con mi madre, la de estrechar la mano de mi padre. Ahora debo seguir agitando la mano, y no parar hasta que doblemos la esquina. Ahora esta ceremonia ha terminado. A Dios gracias, todas las ceremonias han terminado. Estoy solo.

Voy a ingresar en la escuela superior. Esta urgente temporalidad da miedo. Todos saben que ingreso en la escuela superior, que por vez primera voy a la escuela superior. Debo esforzarme en no llorar. Debo mirarlos a todos con indiferencia. Ahora veo abiertos de par en par los terribles portalones de la estación.

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Ahí va Louis, ahí va Neville. Los dos con largos abrigos y bolsas de viaje en la mano. Los dos se encuentran junto a la taquilla. Pero su aspecto ha cambiado. Balancea la bolsa al andar. Le seguiré, porque no siente miedo. Del vestíbulo pasamos al andén, llevados por una fuerza que nos arrastra, tal como el río arrastra ramas y paja, que deja junto a los pilares del puente. El factor toca el silbato y baja la bandera. Sin esfuerzo, por el impulso de la bandera, como una avalancha provocada por un leve empujón, nos ponemos en marcha.

Bernard se coloca una manta en las piernas y hace chasquear los nudillos. Neville lee. Londres se desmigaja.

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Londres jadea y avanza. Se eriza de chimeneas y torres. Ahí un canal. Ahora hay espacios abiertos, con senderos de asfalto sobre los que parece raro que la gente deba caminar. Una colina moteada de casas rojas. Un hombre cruza un puente, seguido por un perro. El chico vestido de azul le aparta. Comienzan los alardes. Y yo de nada puedo alardear porque mi padre es banquero en Brisbane y hablo con acento australiano.

Es un gran momento, un solemne momento. Llego como un señor a sus tierras.

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También me tumbaré en los campos de cosquilleantes céspedes. Con mis amigos yaceré bajo los olmos. Es sorprendente que me parezca ridículo. Se balancea un poco, mientras va formando sus tremendas y sonoras palabras. Pero sus palabras son demasiado afables para ser verdad. Sin embargo, ahora se cree sincero. Esta es la primera noche que pasamos en la escuela, lejos de nuestras hermanas. Me desagrada el olor a pino y linóleo. Me desagradan los arbustos estremecidos por el viento y las higiénicas baldosas.

Me desagradan los alegres chistes y el bruñido aspecto que todos tienen aquí. Dejé mi ardilla y mis palomas al cuidado del chico.

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Bate la puerta de la cocina, y los tiros estremecen las hojas cuando Percy dispara contra las cornejas. Aquí todo es falso, todo corrompido. También hay una banderola azul, de labor de punto, bordada por una alumna de otros tiempos. Es un brillo amoroso, del color del vino. Ahora que tenemos las maletas deshechas en los dormitorios, nos sentamos en rebaño bajo mapas de todo el mundo. Aquí hay pupitres con pocillos para la tinta. Escribiremos con tinta nuestros ejercicios.

Pero aquí nadie soy. No tengo cara. Tanta gente, todas vestidas de sarga castaña, me ha robado la identidad. Todas somos desconsideradas y retraídas. Lo prometo. Así no lloraré.


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Tomaría, el vestido, forma de flor cuando me dejara caer, en el centro de la sala, sobre una silla dorada. Y rezamos. Me gusta la penumbra que nos cubre al entrar en el sagrado edificio. Me gusta el ordenado avance.


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En filas entramos. Nos sentamos.

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Ahora todo queda bien asentado, gracias a la autoridad y al crucifijo del doctor Crane, y me doy cuenta de que me invade la conciencia de la Tierra bajo mis pies, y mis raíces descienden y descienden, hasta que se agarran a algo duro, situado en el centro, envolviéndolo. Mientras el doctor Crane lee, recobro mi continuidad. Me convierto en una figura de la procesión, en un radio de la gran rueda que al girar me pone por fin erecto, aquí y ahora.

No hay aquí grosería, no hay aquí bruscos besos. Sin calor de imaginación, sus heladas palabras caen sobre mi cabeza como losas, mientras la dorada cruz jadea sobre el chaleco. Las palabras con autoridad quedan corrompidas por quienes las pronuncian. Me mofo y me río de esta triste religión, de estas trémulas y acongojadas figuras, heridas y cadavéricas, que descienden por el blanco camino bordeado de hogueras, a cuya sombra yacen tendidos en el polvo, abiertas las piernas, muchachos, muchachos desnudos. Y en la puerta de la taberna cuelgan los pellejos hinchados de vino.

Por Pascua estuve en Roma con mi padre. Así veré a Percival.