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Las nobles palabras de nuestra reina nos aseguran. Su fuerza es extraordinaria, y no hay animal de carne y hueso capaz de resistir un abrazo suyo. Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez metros de cuerpo liso con grandes manchas de terciopelo negro, la selva entera se crispa y encoge. Pero la Anaconda es demasiado fuerte para odiar a sea quien fuere —con una sola excepción—, y esta conciencia de su valor le hace conservar siempre buena amistad con el Hombre.

Si a alguien detesta, es, naturalmente, a las serpientes venenosas; y de aquí la conmoción de las víboras ante la cortés Anaconda.

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Anaconda no es, sin embargo, hija de la región. Pero Atroz acababa de tomar la palabra ante la asamblea, ya distraída. Ante todo, es menester saber algo de Cruzada. Prometió estar aquí en seguida. Debemos esperarla.


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Se necesita toda la estupidez de una Lanceolada para decir esto Nadie, menos ésa —señaló con la cola a Lanceolada—, ignora que precisamente de las noticias que traiga Cruzada depende nuestro plan Lanceolada, te pido disculpa. Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la intrusa se arrolló lenta y paulatinamente en el centro de la caverna y se mantuvo inmóvil. Dale la bienvenida.

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Es de las nuestras. Todas las víboras, muertas de curiosidad, se arrastraron hacia la recién llegada. Tiene ojos redondos. Pero de pronto quedaron mudas, porque la desconocida acababa de hinchar monstruosamente el cuello. No puedo dominarme. Raras veces, ustedes lo saben bien, se presenta la ocasión de morder una vena Insisto, pues, en que debemos dirigir todo nuestro ataque contra los caballos. Si el perro se pone a, trabajar, estamos perdidas.

El triste desenlace de Mocho, un mico maicero adiestrado para robar en Bogotá

Me inclino decididamente por la prima. El peligro real en esta circunstancia es para nosotras, las Venenosas, que tenemos por negro pabellón a la Muerte. Las culebras saben bien que el hombre no las teme, porque son completamente incapaces de hacerse temer. Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo de la voz había creído notar una vaguísima ironía, y vio dos grandes ojos brillantes que la miraban apaciblemente. La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como por un presentimiento, midió a la ligera con la vista el cuerpo de su interlocutora, arrollada en la sombra.

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Pero cuando se es torpe, pesado, poco inteligente e incapaz, por lo tanto, de luchar francamente por la vida, entonces se tiene un par de colmillos para asesinar a traición, como esa dama importada que nos quiere deslumbrar con su gran sombrero. En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el monstruoso cuello para lanzarse sobre la insolente. Pero también el Congreso entero se había erguido amenazador al ver esto.

Descripción

Hamadrías se volvió a ella con un silbido de rabia. Hamadrías tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la facilidad con que hubiera destrozado una tras otra a cada una de sus contrincantes. Pero ante la actitud de combate del Congreso entero, bajó el capuchón lentamente. Pero pido que cuando se concluya Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o muerte llevar el ataque en seguida, y se decidió partir sobre la marcha. Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los individuos de las especies cuyos representantes salían de la caverna, se lanzaron hacia el Instituto.

Pronto debía amanecer. Un empleado se asomó a la ventana por donde entraba la noche caliente y creyó oír ruido en uno de los galpones.

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Vaya a ver Fragoso. Y se lanzaron afuera. Y corriendo todos entraron en la caballeriza. Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al caballo y a la mula debatiéndose a patadas contra sesenta u ochenta víboras que inundaban la caballeriza. Los animales relinchaban y hacían volar a coces los pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera una inteligencia superior, esquivaban los golpes y mordían con furia.

Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído entre ellas. Ante el brusco golpe de luz, las invasoras se detuvieron un instante, para lanzarse en seguida silbando a un nuevo asalto, que, dada la confusión de caballos y hombres, no se sabía contra quién iba dirigido. El personal del Instituto se vio así rodeado por todas partes de víboras.

Fragoso sintió un golpe de colmillos en el borde de las botas, a medio centímetro de su rodllla, y descargó su vara —vara dura y flexible que nunca falta en una casa de bosque— sobre al atacante. El nuevo director partió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de aplastar la cabeza, sobre el cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de arrollarse con pasmosa velocidad al pescuezo del animal.

Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con furioso vigor sobre las víboras que avanzaban siempre, mordían las botas, pretendían trepar por las piernas. Por suerte ignoran que nos han salvado a los caballos con sus mordeduras Yo la vi bien Felizmente puede resistir cuanto quieran.

Volvieron los hombres otra vez al enfermo, cuya respiración era mejor. Estaba ahora inundado en copiosa transpiración. Fragoso y yo vamos a salir.

Con otras víboras, las hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado singulares. Las varas y, a todo evento, el machete. Marchaban en tropel , espantadas, derrotadas, viendo con consternación que el día comenzaba a romper a lo lejos. Entre las patas de los caballos habían quedado dieciocho serpientes muertas, entre ellas las dos culebras de coral. En total, veintitrés combatientes aniquilados.

Pero las restantes, sin excepción de una sola, estaban todas magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y sangre entre las escamas rotas. Un segundo ladrido de perro sobre el rastro sonó tras ellas. Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. Una sola voz de apoyo, una sola, y se decidían. Y con una altiva sacudida de lengua, ella, que podía ponerse impunemente a PDF created with pdfFactory Pro trial version www. Sintió así un cuerpo a su lado, y se alegró al reconocer a Anaconda. Y ambas, con un esfuerzo de velocidad, alcanzaron a la columna.

Ya habían llegado. Ustedes lo ignoran, pero yo lo sé con certeza, que dentro de diez minutos no va a quedar viva una de nosotras. No era aquél probablemente el momento ideal para un combate. El primer choque fue favorable a la cobra real: sus colmillos se hundieron hasta la encía en el cuello de Anaconda. La boa, concentrando toda su vida en aquel abrazo, cerraba progresivamente sus anillos de acero; pero la cobra real no soltaba presa. La boca de la cobra, semiasfixiada, se desprendió babeando, mientras la cabeza libre de Anaconda hacia presa en el cuerpo de la Hamadrías.

Poco a poco, segura del terrible abrazo con que inmovilizaba a su rival, su boca fue subiendo a lo largo del cuello, con cortas y bruscas dentelladas, en PDF created with pdfFactory Pro trial version www. Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo cuello de la cobra se escurrió pesadamente a tierra, muerta. Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de cien metros el ladrido agudo del perro.

Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la entrada de la caverna, sintieron subir a sus ojos la llamarada salvaje de la lucha a muerte por la selva entera. Y contra el murallón de piedra que les cortaba toda retirada, el cuello y la cabeza erguidos sobre el cuerpo arrollado, los ojos hechos ascua, esperaron. No fue larga su espera. Y con un violento empuje se lanzó al encuentro del perro, que, suelto y con la boca blanca de espuma, llegaba sobre ellas.

El animal esquivó el golpe y cayó hirioso sobre Terrífica, que hundió los colmillos en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza, sacudiendo en el aire a la de cascabel; pero ésta no soltaba.


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  • Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en el vientre del animal; mas también en ese momento llegaban los hombres. En un segundo Terrífica y Neuwied cayeron muertas, con los riñones quebrados. Lanceolada logró hacer presa en la lengua del perro; pero dos segundos después caía tronchada en tres pedazos por el doble golpe de vara, al lado de Esculapia. No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando aquella total masacre de las especies, triunfantes un día.

    Daboy, jadeando a sus pies, acusaba algunos síntomas de envenenamiento, a pesar de estar poderosamente inmunizado. Había sido mordido 64 veces. A lo que parece; ha trabado relación con la cobra real, y nos ha vengado a su manera. Si logramos salvarla haremos una gran cosa, porque parece terriblemente envenenada. Acaso un día nos salve a nosotros de toda esta chusma venenosa. Anaconda no murió. Era entonces una joven serpiente de diez metros, en la plenitud de su vigor.

    No había en su vasto campo de caza, tigre o ciervo capaz de sobrellevar con aliento un abrazo suyo. Pero siempre la presencia de Anaconda desalojaba ante sí la vida, como un gas mortífero. Su expresión y movimientos de paz, insensibles para el hombre, la denunciaban desde lejos a los animales.