Manual Síntomas de la devastación (Algaida Literaria - Poesía - Premio De Poesía Alegría)

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Y voy a soltar tu mano. No hay una razón. No la hubo. Voy a deshacerlo todo. Lo prefiero así. Sin nocturnas caminatas, Sin tu tibio cuerpo junto al mío, Sin el rojo del vino o del carmín. Es un capricho. Todo lo es. Hemos colmado Los libros, Las tardes, El amor. Pero es bueno comenzar Por una palabra, Por vestirse, Por mirar el cielo.

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Entre las palmeras corre el rumor de la sangre derramada y, en las ruinas de tu anfiteatro, se escenifica la muerte. Los campos sienten nostalgia de olivos y trigo.

Los exiliados vacían las ciudades. El sol abrasa. Los quebrantahuesos planean en el cielo. Probablemente no sea digna de tu verbo, y en el ardor del mío consuma todas mis pasiones. Convivo con mis propios yerros y a veces, hipócritamente, hasta los disfrazo de bondades. Yo te llamo sin esperar el milagro y a tu sombra me abrazo. Me compran el tiempo y ya apenas me queda de ese con el que antes peinaba el céfiro. La prisa no espera en este día que no acaba. Yo te llamo. Arden sin consuelo todas mis esperanzas. Me confunden los ecos, me engañan. Mi presencia es apariencia y este clamor, mi llaga.

Porque el azul es luz, pero el rojo es incendio. Qué negra la imagen de la quemadura, aparece orlada por el ascua ardiente de la incertidumbre, devorando días, devorando rostros, qué frío el vacío que habita en su centro. Dolorosa es la llaga de la carne ardida, ardorosos ojos del que siempre mira para apenas ver. Rojas son las bayas del albar espino, pequeños botones de sangre del tiempo otoñal, pie tras pie, paso tras paso, andar, andar Llamas de las velas, llamas de la hoguera, por los que se fueron, por los que se quedan.

Qué dulce camino, qué ardiente momento de vida, qué dulce la mano del que me acompaña y a mi pie camina. Paisaje de otoño, paisaje de tarde, de amores, de padres, paisaje de fuego que ruge en el alma.

Verde suela de mis zapatos, verde camino pisado hasta el horizonte de los ardientes arreboles. Verde ojos, carbón y cuarzo, cristalinos de hierba verde, mastranto de llanto, arrodillado ante el agua verde milenrama. Verde verdad del perro aldeano, su mirada de lealtad pupila sobre la hipotenusa del caracol y su sabia parsimonia. Verde sombra de mi cuerpo rendida al aire de la telaraña, verde hilo que me crece al alba, sangre de lluvia en ocaso de ausentes, corazón de verde arrebato, verde gota de alegría, verde el beso y sus labios, verde ocaso del sueño, verde fruta de tu boca aguacero, verde aliento del olmo petrificado, verde ceniza de mis huesos.

Verde muerte, si nos llena de vida siempre, muerte inmensa de verde esperanza. Inscripción fundacional Como tu nombre, amada, dulce nombre, el nombre de los dioses era de oscuro fuego y negra carne, texto de ley oculto en la geniza, en el palor oscuro de los templos, salpicado en los frescos, desgajado por las gualdas genistas del otoño. Todos los ríos beben en las aguas de mis labios transidos de dolencias que se abisman al roce de tus labios.

Jerusalén, tu nombre, dulce voz de la amada que acaricia los libros del hejal mientras sueña, mientras late, en la noche, la luz igual que el oro, y en la curva sagrada de sus brazos nos funde. Caen los muros rojos cuando agudos clarines y trompetas elevan su fe dolida al viento. Ven, amada, despierta, pastorea los lirios.

La sombra sin alumno del recreo. El chaval de uniforme transparente que se deja el pijama bajo la ropa. Era cuestión de supervivencia. Deberías hacerte una biopsia. Guardé mi lengua y la mastiqué un poco. Cada uno a su casa. Mil panderos de cristal, herían la madrugada. Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Cohabitan el verano y el invierno. Los pecados que se hunden en la nieve para acallar sus huellas y derrapan sobre curvas de hielo en las que el humo deja maravillas geométricas.

Del poemario Climax Road -Rialp, Pasa el tiempo sin pasar. Lo que pasan son dos ojos que descubren a la Mar. Con la mano en su cintura, ella sueña entre los campos.


  • Escudo de armas animal.
  • Hoy en la biblioteca ....
  • BRUJULAS Y ESPIRALES.
  • Should - Verbos modales (Fichas de gramática inglesa).

Ya no hay ruidos, ya no hay bombas, sólo flor entre naranjos. Con la savia ya en sus labios, ella dos flores ha dado: Ella sueña en su baranda la luz de sus dos astros.

Cosmopeque - Cosmopoética

Con la nieve ya en sus manos, entre agujas e hilos, a todos nos ha guiado: La tejedora califal también se ha de marchitar: Juventud finita que se asoma por dos cuencas arrugadas ya. No es temblor, ni sordera, no es demencia, ni cadera dolorida, ni nevada cumbre, ni bastón en las salidas. Abrigan esas flores, deseos de reinar en primavera, sobre el trono de la tierra, y liberar la libertad de sus sueños.

Rinden culto las flores, a las estaciones, gobernadas por el paso del tiempo, ese factor que las hace florecer. Aunque todavía podía haber suerte y que no lo hiciese. Aprendió a reconocer la señal de la madre de ojos desperados y manos crispadas, que la mandaba a su cuarto, a encerrarse con llave, a meterse debajo de la cama, bien agarrada a Nannie, su muñeca preferida, de cabellos de lana negra y ojos de botón reluciente.

Y ahí, abajo, sin sentir la dureza del suelo ni su tacto frío, sudaba y tranquilizaba a Nannie, casi sin hablar, por miedo a que ese señor, las encontrara. Aprendió a no escuchar los gritos sordos de su madre, ni los golpes feroces de él. Ya no. Porque una vez, lo vio transformarse ahí mismo.


  • Tu por mí, yo por ti.
  • Sé mía y te daré el mundo - El Tutor 1.
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  • María Rosal obtiene el Premio Alegría de poesía en Santander - Noticias Cultura - Diario Córdoba.
  • Sabed que mi nombre se perdió.
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  • María Rosal obtiene el Premio Alegría de poesía en Santander.

Pero ya no. Los dos eran cercanos a los treinta años y convivían ese regocijo de ser un cuerpo sólo.

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Tal vez el ayer es una sombra astuta, un recuento de sumergida lluvia o incierto fotograma que no lleva a destino. Y así ni es retornable el gesto de silencio con que Maritza le abriría la puerta y sus padres fingían ser ajenos al encuentro. Sin ambages, recuperar caricias o la furtiva voz de una mujer que amamos es intención perdida; el pasado se nutre de tiempo congelado.